II Jornada Internacional: El nacimiento de la Pulsión de Muerte. Una mirada relacional a la violencia de nuestro tiempo de Eyal Rozmarin Ph.D

Comentario Jaime Landa

Me parece que la presentación de Eyal se estructura en torno a dos hipótesis centrales: la primera está relacionada con la masculinidad y su vínculo con la violencia y la emocionalidad. La otra ofrece una interpretación sobre el surgimiento del concepto de la pulsión de muerte en Freud, situada en un contexto histórico y afectivo particular.

Rozmarin sugiere que la masculinidad, como construcción histórica, se caracteriza por su relación positiva con la violencia y por la represión de las emociones intensas (como la tristeza o la alegría). La cultura, según se intrepreta, ha promovido una forma de violencia ligada al ejercicio del poder, desprovista de juicio moral, y especialmente atribuida al género masculino. Esto habría contribuido a una forma de subjetividad donde la emoción es bloqueada, dando lugar a un ideal de fuerza y acción violenta validada socialmente.

Mientras que el concepto de pulsión de muerte en Freud se habría originado en un contexto emocional profundamente personal, vinculado a la guerra y a la amenaza existencial que enfrentaba su familia. Freud, incapaz de procesar emocionalmente esta experiencia, reprime esa carga afectiva y la sublima en la construcción teórica de la pulsión de muerte. Así, la emoción no expresada se transforma en pensamiento teórico: un modo de operar típicamente masculino donde el afecto es desplazado hacia la abstracción.

Tomando en cuenta este planteamiento de Eyal me gustaría proponer matices y abrir otras líneas de reflexión. Freud, como cualquier sujeto, habla desde su historia, desde su propia imposibilidad de decir. La emoción bloqueada no desaparece, sino que se manifiesta “de otro modo”, por ejemplo, en lo gestual o en la misma construcción teórica. ¿El bloqueo emocional invalida el concepto de pulsión de muerte? Mi respuesta es no: El descubrimiento freudiano puede seguir siendo válido en su propio mérito, aún si nace de una represión personal. 

Si pensamos en Heidegger, para él la historia personal o ideológica no necesariamente invalida su producción teórica, aunque sí la condiciona. Lo no dicho estaría siempre presente en lo dicho, como su anverso, y esto también se aplicaría a Freud.

Me pregunto si Freud fuera un paciente: hablar de teoría sería su modo de no hablar de sí mismo, de defenderse de su propio afecto. 

Mi lectura no busca invalidar a Eyal, sino establecer un diálogo hipotético con él y con Freud, reconociendo la riqueza de pensar la teoría como producto de la historia personal del sujeto que la formula.

Agradezco en nombre de toda la comunidad por esta experiencia vivida en la jornada internacional y a Eyal Rozmarin por haberse dado el espacio de presentarnos su pensamiento, fundamental para los tiempos de hoy.