Reseña acerca de los encuentros con Jill Salberg

Hace un poco menos de dos meses (¡qué impresionante suena eso: dos meses!) nos reunimos
en dos encuentros –organizados en conjunto con distintas asociaciones psicoanalíticas– para
escuchar a, compartir con y aprender de Jill Salberg, quien lleva más de tres décadas
trabajando en torno a la transmisión transgeneracional del trauma.
Ciertamente, el abordaje de la transmisión transgeneracional del trauma en los tiempos que
corren no es fácil, pero sí fundamental. Cuesta encontrar algún lugar del planeta en que las
infancias estén protegidas. Lxs niñxs no sólo son testigxs, sino víctimas directas del horror y la
destrucción a escala global…¿Cómo llegarán a la adultez? ¿Cómo impactarán los eventos
actuales en los procesos de subjetivación? ¿Qué puede aportar el psicoanálisis al respecto?
¿Cuál es nuestra responsabilidad como psicoanalistas respecto de la vida social y política de
nuestro tiempo? Si bien durante décadas la consideración de lo político en el espacio
terapéutico fue cuestionado y desestimado por ser “extra analítico” hoy resulta una tarea
ineludible, con toda la complejidad que eso conlleva.
Jill hizo un llamado directo en este sentido cuando propuso que “frente a los múltiples traumas
masivos que atraviesan nuestro mundo hoy —guerras que parecen no tener fin y movimientos
políticos que avanzan rápidamente hacia formas de gobierno autoritarias, de extrema derecha y
con rasgos fascistas en diversos países— se vuelve urgente pensar los traumas a gran escala
dentro de nuestro entorno sociopolítico. Más que nunca, necesitamos atender al impacto del
trauma sobre lo colectivo, dado que nuestro “contenedor social” (Peltz, 2020) se encuentra
gravemente dañado o directamente fallando”. Tomando los desarrollos de los psicoanalistas
húngaros Bakó y Zana (2026) introdujo el concepto de atmósfera de trauma transgeneracional,
para caracterizar el espacio que habitamos sin plena conciencia del impacto que tiene en
nosotros y del que no podemos restarnos porque está ahí, impregnando nuestras vidas, incluso
si por momentos no lo percibimos activamente. En sus palabras “este concepto nos permite
comprender que el trauma nunca es solo individual ni local, sino expansivo, extendiéndose a
través de generaciones, comunidades y naciones. En un mundo global interconectado y
amplificado por las redes sociales, difícilmente podría ser de otro modo”.
El concepto de atmósfera de trauma transgeneracional resulta particularmente relevante no
sólo porque releva la amenaza continua para el bienestar que implica estar viviendo en un
mundo como el actual, sino también porque permite cuestionar –al menos en cierta medida–
ideas previas respecto a la efectividad de ciertos mecanismos de defensa. En la década de los
90 Judith Herman escribía “el conocimiento de eventos horribles periódicamente se entromete
en la conciencia pública pero raramente es retenido mucho tiempo. La negación, represión y
disociación operan tanto a nivel social como individual” (1992, p.2). Si vivimos en una
atmósfera de trauma, si eso es lo que respiramos ¿realmente podemos disociarnos, negarlo o
reprimirlo? ¿Qué efecto tiene en nuestros cuerpos? ¿Cómo pensar los mecanismos de defensa
en un mundo hiperconectado como el actual?
Las presentaciones de Javiera Banderas –el viernes 9 en APSAN– y de Jill Salberg y Elena
Gómez –el sábado 10– y las reflexiones de Carla Fischer nos llevaron de vuelta al cuerpo
como depositario y vocero de aquello que tantas veces no encuentra otras formas de

expresión. Pensar en la transmisión transgeneracional del trauma no es pensar en abstracto,
es pensar en vidas y cuerpos concretos, en que pasado, presente y futuro confluyen y se
entrelazan.
Ciertamente, los encuentros no ofrecieron respuestas tajantes ni definitivas respecto de estos
temas; es más, en distintos momentos también hicieron evidentes los límites de lo que es
posible pensar de manera contingente al horror. Por momentos, los desperfectos técnicos
también nos conectaron con nuestras limitaciones para prever y solucionar aquello que nos
excede. Sin embargo, y aún teniendo todo eso en mente, pienso que la oportunidad de
encontrarnos, conocernos, escuchar, compartir y conectar, resultó transformadora y valiosa en
un tiempo –y una atmósfera– marcados por la experiencia de lo abrumador y del exceso, en
que detenerse a pensar y sentir colectivamente y desde las diferencias resulta contracultural.

Andrea Rihm Bianchi