El pasado 27 de noviembre de 2025 nos reunimos, de manera online, para nuestro último encuentro clínico del año. El tema que nos convocó en esta oportunidad fue la vergüenza, que se estuvo debatiendo con entusiasmo en el chat general de nuestra asociación. Muchos miembros de APPR se atrevieron a aportar allí sus miradas, opiniones, experiencias -tanto personales como clínicas- en torno a la vergüenza, produciéndose un rico intercambio que nos señaló claramente que estábamos ante un tópico de relevancia y pertinencia clínica, por considerarse un afecto estructurante en el desarrollo de la identidad.
Al encuentro llegaron más de 30 personas que escucharon atentamente el interesante texto preparado por Solange Coddou, donde pinceló la aproximación que hacen diversos teóricos sobre esta emoción, tan compleja de describir y experimentar, haciendo la distinción entre la vergüenza disociada (a veces traumática) y la vergüenza mentalizada, esa que ha tenido palabras y ha podido ser integrada a la identidad.
Solange nos recordó que la vergüenza es una emoción que nos regula, que cuida los vínculos y que, a la vez, nos limita. Delimita los bordes de lo que se puede y es recomendable mostrar o no (pudor), y eso está dado en el contexto de una relación. Recalcó también la importancia de la confianza (en uno mismo y en el otro), que ayuda a sostener la vergüenza, cuando inevitablemente emerge. Interesante es observar cómo la vergüenza se camufla con otras emociones o sensaciones, quedando escondida incluso ante nosotros mism@s: a veces la ansiedad que solemos asociar al miedo tiene a la base la vergüenza.
Respecto de la relevancia de la vergüenza en la integración del self, Solange se remontó en su presentación a las etapas tempranas del desarrollo, cuando el niñ@ busca la mirada de la madre o el padre para ser reconocid@ y así saber quién es y cómo es. Mary Ayers habla de la mirada que hiere, cuando el cuidador rechaza y humilla. Shore dice que cuando el niñ@ se vuelve caminador está más expuesto a la vergüenza, al aumentar las situaciones que demandan un reto, un freno por parte de los cuidadores, y que la sensibilidad que éstos tengan para contener luego del límite recien puesto, será crucial para que el niñ@ pueda integrar una vergüenza que cuida el lazo social, pero que no humilla. Siguiendo un mismo eje relacional, marcado por la mirada de otro (que nos levanta y sostiene, o nos devalúa y deja caer), tenemos dos posibilidades: Vergüenza/humillación por una parte; vergüenza/orgullo por otra. En su argumentación, Solange nos dice que podemos sostener nuestra vergüenza si la integramos con nuestra experiencia de orgullo. En términos neuroafectivos, Shore señala que son modulaciones de un mismo circuito que responde a cómo el otro nos mira, nos devuelve el gesto y nos permite sentirnos “alguien”. Orgullosos cuando esa mirada devuelve valía, vitalidad y coherencia al self o avergonzados, hasta el punto del colapso del self, cuando lo que se devuelve es desvalorización, desprecio, ridiculización. Desde la perspectiva de estos autores, la vergüenza no es un afecto secundario o moral, sino una experiencia primaria, constitutivamente relacional y su potencia radica en poner en riesgo la continuidad del vínculo, al no encajar en la mirada del otro, al no reconocerse valioso. Por otra parte, en el terreno clínico, y siguiendo con la exposición de Solange Coddou, Levine nos dice que la transformación analítica requiere que el analista pueda arriesgar la intimidad, mostrando su propia humanidad y rompiendo posiciones rígidas que replican jerarquías traumáticas. Es decir: la vergüenza solo se cura en la relación, y solo si ambos se exponen a ella. Y Shaw trae algo muy significativo: nos señala que la vergüenza no se interpreta, sino que se atraviesa en compañía de una mirada que no humilla. El terapeuta debe volverse una figura testigo que no aparta la vista ante lo que el paciente siente intolerable de sí mismo.
El encuentro tuvo un rico intercambio que no cabe en este texto y que excede con creces estas palabras, y me parece que quedaron flotando en el ambiente las ganas de seguir pensando en torno a este tema y las múltiples derivadas que plantea. Por ejemplo: la distinción entre vergüenza del ser, del tener, del hacer. La dimensión cultural del vergüenza. ¿En qué momentos hemos sentido vergüenza como terapeutas? ¿Cómo distinguimos entre vergüenza y pudor? ¿La vergüenza protege socialmente de la sinvergüenzura? ETC.
Gracias a quienes han participado en los encuentros clínicos realizados y los animamos a que nos acompañen en los que vendrán en este 2026, para desarrollar estas cuestiones y otras que sigan emergiendo en nuestro espacio APPR.
Soledad Santolaya Cohen
