Reseña Encuentro Clínico Presentación “Odiabilidades: sobre la acción, el deseo y la fractura como sitio de verdad”

El 7 de septiembre tuvimos una interesante reunión en la que María Paz  Ardito nos presentó un trabajo que abre numerosas vías de reflexión.

El odio aparece como tema central en el caso que nos mostraron. Se trata, inicialmente, de un odio que la paciente no puede sentir —o quizás del que no puede darse cuenta de que lo tiene— y que, en un momento de la sesión, irrumpe con intensidad: odio hacia la terapia, hacia su vida, hacia aquello que le ocurre. Luego de esta manifestación aparece la solicitud de ser perdonada por esta “salida de libreto”, expresión que utilizo yo y no María Paz.

Me llamó especialmente la atención esta manera de pensar el síntoma. El odio no aparece simplemente como aquello que la persona trae a la consulta y que el terapeuta debe identificar, comprender y, eventualmente, resolver. Aparece, más bien, como un emergente que podríamos pensar, siguiendo a A. Badiou, bajo la figura del acontecimiento: algo que emerge desde una situación, pero que no puede ser deducido linealmente de aquello que lo precede. Precisamente por eso sorprende tanto al terapeuta como a la paciente. Es un acontecer que irrumpe, desconcierta y, al hacerlo, abre la posibilidad de un trabajo diferente con el conflicto, la historia y el dolor.

En otra de sus reflexiones sobre esta situación, María Paz plantea algo que me parece estrechamente relacionado con lo anterior: la necesidad de no tener en mente, como horizonte de la terapia, la resolución o la eliminación del síntoma. Como señala: “la vitalidad es inseparable de la destructividad potencial”. Esto supone que la vitalidad y la destructividad no pueden ser vividas como dimensiones completamente separadas, como si fuese posible conservar una y eliminar la otra.

Podríamos pensar, incluso, que la destructividad forma parte de la vitalidad como una suerte de presencia ausente: algo que no necesita estar permanentemente realizado ni ocupar el primer plano, pero que debe conservar un lugar posible. Ese espacio es necesario para que la vitalidad no se convierta en un lugar idealizado, siempre situado en un futuro al que habría que llegar una vez que aquello considerado negativo haya sido finalmente eliminado.

En otro momento, parafraseando a Freud, María Paz señala que este “describió el odio como la huella más temprana del amor y su contraparte perdurable; no simplemente su opuesto, sino entrelazado con la vida y el amor de maneras complejas y constitutivas”. Esta formulación permite comprender que el trabajo terapéutico no consistiría en sustituir el odio por el amor, la destructividad por la vitalidad o el sufrimiento por un estado finalmente libre de conflicto. Se trataría, más bien, de hacer posible una relación distinta entre estas dimensiones.

De allí surge una pregunta particularmente importante: ¿qué tipo de postura puede ayudarnos a sostener la paradoja de que el odio, siendo inevitable, también pueda ser experimentado, volverse pensable y, en su mejor expresión, transformador?

Creo que esta pregunta aborda uno de los aspectos centrales de lo planteado por María Paz. Somos los terapeutas quienes, inicialmente, necesitamos mantener esta paradoja sin apresurarnos a resolverla. Sostenerla significa no transformar inmediatamente el odio en otra cosa, no explicarlo demasiado pronto ni considerarlo simplemente algo que debe desaparecer. Se trata de ofrecer las condiciones para que pueda permanecer allí hasta que ocurra algo.

Y quizás sea precisamente allí donde podemos volver a la idea de acontecimiento. El acontecimiento no sería la resolución del afecto, sino aquello que irrumpe en la repetición y modifica su sentido. Sorprende porque hace aparecer algo que hasta entonces no podía hacerlo y, al hacerlo, descongela un afecto que había quedado inmovilizado.

Cuando un afecto queda congelado y gobierna nuestra vida, miramos la vida desde él; ya sea la pena, la rabia o el odio, y varios otros, no desaparece. Por el contrario, puede reiterarse una y otra vez, organizando una determinada mirada del mundo. El odio, el amor, la pena o la rabia pueden llegar a hegemonizar la experiencia, haciendo que aquello que ocurre sea percibido y significado siempre desde el mismo lugar. El problema, entonces, no estaría necesariamente en la existencia de esos afectos, sino en la pérdida de la posibilidad de transitar entre ellos.

Desde esta perspectiva, el cambio terapéutico podría pensarse menos como la desaparición de determinados afectos que como una recuperación de la plasticidad afectiva. El acontecimiento introduce una diferencia allí donde predominaba la repetición y permite recuperar la posibilidad de desplazarse entre distintos modos de sentir y significar la experiencia.

Tal vez allí pueda situarse también una cierta idea de libertad: no como ausencia de odio, pena, rabia o destructividad, sino como la posibilidad de no quedar definitivamente capturados por ninguno de ellos. Una plasticidad de nuestro ser que nos permita deambular por la vida con menos temor a aquello que podemos llegar a sentir.

Creo que el giro final hacia la plasticidad afectiva fortalece bastante el texto: desplaza la idea de curación, entendida como la eliminación del afecto —en este caso, del odio—, hacia una concepción del cambio como recuperación del movimiento. Además, enlaza muy bien con la idea  del “descongelamiento”: lo patológico no sería tanto el afecto mismo como su fijación y su capacidad de hegemonizar el sentido.

Jaime Landa